La primera regla que debería cumplir cualquier narración basada en un hecho real es que no parezca demasiado real. O, mejor, que no tenga nada que ver con la realidad. La realidad, contemplada así como se nos presenta cada mañana justo después de que suene el despertador, da bajona. No hay argumento, las subtramas la mayoría de la veces no son más que tareas pendientes como sacar al perro y, lo peor de todo, no hay ni fundidos a negro ni banda sonora. Es más, por mucho que uno se empeñe en ser el protagonista de su propia realidad, casi siempre es alguien el que nos dice lo que tenemos que hacer. Es verdad que de un tiempo a esta parte, la desconfianza en la ficción --siempre susceptible de ser un bulo con o sin culo-- es tal que para cubrirse las espaldas cada vez más películas, novelas y hasta podcast dicen pomposamente estar basados en hechos reales. Pero es mentira. A poco que uno se fije, hay música, intriga, un actor guapo y todo está lleno de elipsis. Es decir, todo es ficción. Los hechos reales incluidos
La esposa perfecta, por ejemplo y por el Festival de San Sebastián que tuvo a bien presentarla, es película, es ficción, pero deposita toda su fuerza de convicción en que, en verdad y en el fondo, es un hecho real. En efecto, se cuenta la historia de la primera ciudadana estadounidense deportada de su propio país. Se llamaba Hermine Braunsteiner, era de procedencia austriaca y se la echó porque la mujer ocultó al departamento de emigración que antes de ser la perfecta ama de casa americana que dice el título fue guardiana nazi en un campo de exterminio. Eso es lo que cuenta la película de la mano de una intriga renqueante entre periodística y judicial ambienta en los años 50, los del optimismo después de la tormenta.
El problema, y grave, es que lo cuenta mal, que siempre es la peor manera de contar las cosas. Lo relata tan obsesivamente centrada en la realidad que se le olvida asuntos tan en principio elementales como que los hechos parezcan unos consecuencia de otros, que los personajes sean medianamente creíbles o que la moraleja (que la hay) no dé casi más pánico que la historia en sí. No lo busca ni lo pretende, pero, si uno comete el error de despistarse un poco, se podría pensar que la película del debutante Ben Shirinian justifica las deportaciones de gente no suficientemente comprometidas con la causa del que gobierna. Aunque quizá se trate solo de una interpretación algo forzada, que todo puede ser.
En justicia, solo se salva la protagonista. Naomi Watts, que no en balde recibe el Premio Donostia a toda la carrera, demuestra por qué es Naomi Watts por enésima vez. Demuestra eso tan obvio a la que vez que deja claro por qué no hay nadie como ella en el panorama estelar para dar vida a los personajes de doble dirección, los que ocultan más que desvelan, los que dicen cosas sin apenas abrir la boca. Eso sí, por aquello de arruinar también lo único de valor de la película, de forma inexplicable el personaje de la actriz se pasa la primera mitad de la película ejerciendo de víctima y la segunda de villana villanísima. Sin solución de continuidad, sin el menor amago de coherencia en la presentación o puesta en escena. En los dos casos, eso sí, Watts brilla.
Cuenta la propia Noemi que tiene miedo de lo que hoy ocurre en su país. "Tenemos que estar vigilantes", dijo la intérprete nacida en el Reino Unido, criada en Australia y con residencia en el país que ahora le hace tener pánico. Sin querer comprometerse más de lo imprescindible, se mostró confiada en que ciertas cosas, en referencia al ICE y las deportaciones masivas, "se solucionen a tiempo". Y añadió: "Tengo hijos estadounidenses, amo a Estados Unidos. Lo que ocurre en la actualidad es complicado, pero tengo fe en que las cosas se solucionarán a tiempo". Y ahí lo dejó.
Así las cosas, un muy brillante, justo y muy real Premio Donostia de la mano de una película algo despistada en el laberinto de una realidad que, como bien decía el personaje de La flor de mi secreto, bien haríamos en prohibirla.