Todo lo que no pudo lograr Sergio Scariolo en una larga temporada, lo ha conseguido Pedro Martínez en un par de semanas. Un título para el Real Madrid, el 100 de su historia, más de un año después de la ACB en Valencia de Chus Mateo. Puesta en perspectiva esta novedosa y extraña Supercopa de Europa, no es para tirar cohetes, pero tampoco para restarle valor. Sobre todo, es una alegría, una estupenda forma de arrancar una era. En el cómo derrotó al Olympiacos en la final en el Etihad Arena se esconden los primeros trazos de lo que quiere alcanzar el veterano entrenador catalán. [89-93: Narración y estadísticas]
Una pequeña gran revancha y muchas sonrisas. Y 31 asistencias. Y ningún protagonista por encima del resto. Decisivo resultó Andrés Feliz, un tipo que se antoja fundamental para lo que pretende Pedro Martínez. Tremendo estuvo Jaime Pradilla todo el torneo, como si llevara toda la vida de blanco. Bien Campazzo en la final (nueve pases de canasta), aunque eso de lanzar triples casi por obligación no parece que lo lleve demasiado bien. Clave Tavares (MVP) -con él en la final de Atenas...- y de nota alguno de los nuevos fichajes, como Luwawu-Cabarrot o Jantunen. Todo eso para acabar, no sin sufrimiento, con el Olympiacos.
Torneo nuevo, la final de siempre. O de casi siempre. Un Olympiacos - Real Madrid es un clásico, la gran rivalidad continental de los últimos años. Nada mejor para inaugurar esta Supercopa en Abu Dhabi, tan lujosa como sin sustancia.
El Madrid está en los primeros pasos de un camino que exige premura, el de adaptarse al baloncesto que propone Pedro Martínez. Diferente, agresivo, valiente y frenético. Puede ser divertido o puede ser un caos. En su pizarra, el que no tira tiene castigo. El que no vuela, no es bienvenido. No todos los perfiles son aptos. El Olympiacos de Bartzokas propone casi todo lo contrario. No hay mejor piedra de toque.
Se pudo ver en la primera mitad, dominada claramente por los blancos. No habían pasado ni siete minutos y Pedro Martínez ya había utilizado a sus 12 hombres (esta vez Llull no fue uno de los descartes y debutó con buenos apuntes Damian Jones). Bartzokas apenas movió el banquillo en todo el primer acto. Fournier, su referente, y Jean Montero, su fichaje estrella, tardaron casi 10 minutos en aparecer.
El Madrid corría, tiraba, dominaba claramente el rebote y sólo las pérdidas lastraban su buena puesta en escena. Llegó a mandar por 10 en un par de ocasiones. Otro de los problemas fue la tercera falta de Tavares y el modo en que Fournier fue poco a poco adueñándose de la escena. Con la aparición de Ndiaye, uno de los refuerzos atenienses, al descanso la ventaja prácticamente se había esfumado (43-47).
Pese a dos triples seguidos de Deck, el Olympiacos era ahora el que dominaba la escena. Fueron los peores minutos blancos. Llegaron sus primeras desventajas y Luwawu-Cabarrot cometió la cuarta bien temprano. Un parcial de 2-11, con Maledon a los mandos y Pradilla volviendo a ser importante, sostuvo al Madrid antes de la hora de la verdad.
Fue importante esa reacción, como el 7-0 de salida en el acto final. Volvió la decena de ventaja al marcador (72-82) y el Olympiacos avanzaba errático y con poco de su colmillo habitual. Dos canastas de Feliz fueron decisivas, porque Fournier y Vezenkov se empeñaron en llevar al límite el duelo.