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Nadal, el socio número 67.778

Nadal, el socio número 67.778

En el otoñal noviembre, y recurriendo al título de la novela de García Márquez, amarillea una pareja de patriarcas políticos de ideologías dispares, pero de psicopatías coincidentes. Es el otoño de hojas secas de Donald Trump después de las elecciones de medio mandato del día 3. Y más bien el invierno de hojas muertas de Pedro Sánchez antes de las generales de fin de mandato del 29.

Previamente, el 21, Florentino Pérez someterá al juicio de la Asamblea soberana la confirmación de Rafael Nadal Parera como miembro de la Junta Directiva. Eso es una votación, no una elección. No se elige: se refrenda. Se trata de un plebiscito sobre algo ya dictaminado. La ratificación societaria de una decisión personal.

Démoslo por hecho y por bueno. Nadal será a la vez un directivo más o menos simbólico y, de la mano otoñal y sabia de Florentino, un potencial candidato a la presidencia. Siempre ha negado sus aspiraciones al respecto. Pero "tempora mutantur et nos mutamur in illis". Los tiempos cambian y nosotros cambiamos con ellos. Puede que ahora abrigue ambiciones más o menos embrionarias.

En su universal prestigio deportivo y en el reconocimiento generalizado de sus prendas humanas, Nadal es un capital del madridismo. Un seguidor ilustre, un creíble divulgador por medio del ejemplo de unos valores que, de tan pregonados oficialmente, han pasado a formar parte de la propaganda institucional. Rafa los representa sin necesidad de airearlos. Su persona física supone un activo material del club. Su imagen, un intangible. No resulta descabellado, incluso es tentador, imaginarlo de delfín de Pérez, empapándose con su mentoría de los entresijos de la casa, protegido sentimental del jefe, hijo adoptivo del padre del madridismo del siglo XXI.

En 1967, cuando Florentino, la séptima fortuna de España según el reciente informe de "Forbes", tenía 20 años, el grupo pop Cristina y los Stop alcanzó un notable éxito con la canción "El turista 1.999.999". Ellos cantaban con todas las letras: "El turista un millón novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve". El texto narraba la mala suerte de un "guiri" que llegaba a Mallorca y, en su impaciencia por disfrutar de las delicias de la isla, se bajaba precipitadamente del avión y se perdía los honores y agasajos reservados para el turista 2.000.000. El dos millones.

El nativo mallorquín Rafael Nadal socio número 67.778 (sesenta y siete mil setecientos setenta y ocho) del Real Madrid no se ha precipitado a subirse a un metafórico trasatlántico blanco que fue botado hace 124 años y, con las modernizaciones pertinentes, sigue navegando a toda máquina en mares plácidos o en mares tempestuosos. Ha esperado, en la madurez, en el ecuador de la vida, el momento oportuno. A los 40 años, se halla por debajo de los 445, la media de edad de la envejecida población española, en la que, por primera vez, los mayores de 65 superan los 10 millones. Y lejos de la de 75 de la Junta Directiva del club, una conspicua gerontocracia. Por comparación, es un grumete.

Feliz travesía.

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